Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Otros tres mosquetazos cortaron el aliento a dos rochelanos más; pero no por eso se entibió el ardor de los que quedaban en pie.
Cuando llegaron al bastión, los enemigos eran todavÃa catorce o quince, que lejos de detenerse ante una nueva descarga, saltaron al foso y se prepararon a escalar la brecha.
—Adelante, amigos mÃos, acabemos de una vez —dijo Athos—: ¡A la muralla! ¡A la muralla!
Los cuatro amigos, secundados por Grimaud, con los cañones de sus mosquetes alzaprimaron un enorme lienzo de muralla, que se inclinó como empujado por el viento, y, desprendiéndose de su base, cayó al foso con horrible estrépito; luego se oyó una gran voz, subió hacia el cielo una nube de polvo, y todo hubo acabado.
—¿Los habremos aplastado a todos? —exclamó Athos.
—Lo jurarÃa —dijo D’Artagnan.
—No —profirió Porthos—, pues allá van dos o tres que huyen cojeando.
En efecto, tres o cuatro infelices, resto del pelotón, cubiertos de polvo y barro, huÃan por la zanja hacia la ciudad.