Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Señores —dijo Athos, consultando su reloj—, hace una hora que estamos aquÃ, y por tanto hemos ganado la apuesta; pero ya sabéis que al buen jugador no le duelen prendas. Por otra parte, D’Artagnan no nos ha hecho todavÃa sabedores de la idea que se le ha ocurrido.
Y el mosquetero fue, con su acostumbrada presencia de ánimo, a sentarse ante los restos del almuerzo.
—¿La idea que se me ha ocurrido? —preguntó D’Artagnan.
—SÃ, ¿no nos has dicho que se te habÃa ocurrido una? —dijo Athos.
—¡Ah! Ya —exclamó el mozo—; pues sÃ, me voy a Inglaterra por segunda vez a reunirme con Buckingham.
—Eso no lo haréis vos —dijo Athos con frialdad.
—¿Por qué? ¿No lo he hecho ya una vez?
—Pero entonces no estábamos en guerra, y Buckingham era un aliado, no un enemigo: lo que os proponéis hacer serÃa tachado de felonÃa.
D’Artagnan comprendió la lógica de tal argumentación y se calló.
—También a mà se me ha ocurrido una idea —profirió el gigante.
—Silencio y escuchemos a Porthos —dijo Aramis.