Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Solicito de m. de Tréville una licencia, so un pretexto cualquiera que hallaréis vosotros, pues en achaque de pretextos no soy muy fuerte. Pues sí, solicito licencia, me marcho a Inglaterra, busco a milady sin que ella se dé cata, y en cuanto la pille la estrangulo.

—Lo que son las cosas —dijo Athos—, no estoy tan lejos como eso de aceptar el pensamiento de mi amigo.

—¡Dónde se ha visto! —exclamó Aramis—. ¡Matar a una mujer! No, mirad, a mí sí que se me ocurre en este instante la verdadera idea.

—Exponedla, Aramis —dijo Athos, que trataba con mucha deferencia al joven mosquetero.

—Hay que advertir a la reina.

—¡Ah, caramba! Es verdad —profirieron a una Porthos y D’Artagnan—; me parece que hemos dado en el clavo.

—¡Advertir a la reina! —repuso Athos—, ¿y cómo? ¿Tenemos por ventura relaciones en la corte? ¿Podemos enviar un delegado a París sin que lo sepan en el campamento? De aquí a París hay ciento cuarenta leguas, y nuestra carta no habrá llegado a Angers que nosotros ya estaremos en el calabozo.

—En cuanto a hacer llegar con toda seguridad una carta a manos de la reina, yo me encargo —dijo Aramis, sonrojándose—; conozco en Tours una persona muy avisada…


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