Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Aramis se interrumpió al ver que Athos sonreía.

—¡Qué! —repuso D’Artagnan, dirigiéndose a Athos—, ¿no adoptáis este expediente?

—No lo rechazo del todo —respondió Athos—, únicamente querría hacer observar a Aramis que él no puede abandonar el campamento; que no podemos confiar en nadie más que en nosotros mismos; que a las dos horas de haber partido el mensajero, no habrá capuchino, alguacil ni agente alguno del cardenal que no sepa de coro la carta, y que os prenderán a vos y a vuestra avisada persona.

—Esto sin contar —repuso Porthos— que la reina salvará a Buckingham, pero no a nosotros.

—Dice muy bien Porthos —exclamó D’Artagnan.

—¡Escuchad! ¿Qué pasa en la ciudad? —dijo Athos.

—Están tocando generala.

Los cuatro amigos prestaron oído atento y, efectivamente, llegó hasta ellos el ruido del tambor.

—Vais a ver como envían contra nosotros un regimiento entero —profirió Athos.

—Supongo que no os propondréis resistir a tales fuerzas, amigo Athos —dijo Porthos.

—¿Por qué no? —replicó el mosquetero—, me siento con ánimos, y resistiría a todo un ejército si hubiésemos tomado la precaución de traernos una docena más de botellas.


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