Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—El tambor va acercándose —dijo D’Artagnan.

—Dejad que se acerque —repuso Athos—; de aquí a la ciudad hay un cuarto de hora, y, por consiguiente, hay también un cuarto de hora de la ciudad aquí; no necesitamos tanto tiempo para fijar nuestro plan. Si nos marchamos de aquí, no encontraremos otro sitio tan a propósito como este. Justamente, se me acaba de ocurrir ahora la verdadera idea.

—Manifestadla, pues.

—Primeramente daré a Grimaud unas órdenes indispensables.

Athos hizo seña a su lacayo de que se acercase.

—Grimaud —dijo Athos, mostrando los cadáveres que yacían en el bastión—, levantad a esos señores, colocadles derechos y apoyados en la muralla, encasquetadles sus sombreros y ponedles sus mosquetes en la mano.

—¡Oh, gran hombre! Te comprendo —profirió D’Artagnan.

—¿Vos comprendéis? —dijo Porthos.

—¿Y tú comprendes, Grimaud? —preguntó Aramis. Grimaud hizo una señal afirmativa con la cabeza.

—No se necesita más —repuso Athos—; ahora volvamos a mi idea.

—Sin embargo, querría yo comprender claramente —dijo Porthos.

—Es inútil.


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