Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —A mà me contrarÃa tanto en Inglaterra como en Francia —repuso Athos.
—Y a mà en todas partes —profirió D’Artagnan.
—Pero ¿por qué no la has ahogado, estrangulado o ahorcado, ya que en tu poder la tenÃas? —dijo Porthos—; los muertos son los únicos que no vuelven.
—¿Vos lo creéis asÃ? —replicó Athos con una sonrisa sombrÃa que únicamente comprendió D’Artagnan.
—Se me ocurre una idea —exclamó este último.
—¿Cuál? —preguntaron los mosqueteros.
—¡A las armas! —gritó Grimaud.
Los cuatro amigos se levantaron con presteza y se abalanzaron sobre los mosquetes.
Esta vez avanzaba un pelotón de veinte a veinticinco hombres; pero ya no paisanos armados de picos y azadones, sino soldados de la guarnición.
—¿Si nos volviésemos al campamento? —dijo Porthos—, me parece que el partido no es igual.
—No puede ser por tres razones —respondió Athos—: la primera, porque no hemos acabado de almorzar; la segunda, porque todavÃa tenemos que hablar de cosas importantes, y, finalmente, porque aún faltan diez minutos para cumplir la hora.
—Entonces es menester que formulemos un plan de batalla —dijo Aramis.