Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros No hay que decir que los cuatro interlocutores interrumpieron al instante su conversación. D’Artagnan no era tan inocente como para no comprender que allà estaba de más; pero aun no conocÃa lo bastante el trato de la gente lucida para salir hábilmente de una situación irregular como suele serlo la del hombre que se introduce entre gentes a quienes apenas conoce y mete baza en una conversación que no le atañe. Buscaba pues el mozo, allá en su imaginación, el modo de retirarse lo menos malamente posible, cuando notó que Aramis habÃa dejado caer su pañuelo y, sin duda por inadvertencia, puesto el pie sobre él, le pareció llegado el momento de reparar su torpeza. Se agachó entonces D’Artagnan y con el ademán más afable que supo, sacó el pañuelo de debajo del pie del mosquetero, pese a la fuerza que este hacÃa para sujetarlo, y se lo entregó diciéndole:
—Caballero, me parece que esta es una prenda que sentirÃais grandemente perder.
El pañuelo estaba, en efecto, ricamente bordado y ostentaba una corona y un escudo en uno de sus picos.
Aramis, hecho un ascua, arrancó más que tomó el pañuelo de manos del gascón.
—¡Ja! ¡Ja! —exclamó uno de los guardias—. ¿Te atreverás a sostener todavÃa, discreto Aramis, que estás mal con mm. de Bois-Tracy, cuando esa bondadosa dama tiene la galanterÃa de prestarte sus pañuelos?