Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Aramis lanzó a D’Artagnan una mirada fulminante, una de esas miradas que dan a comprender a un hombre que acaba de atraerse un enemigo mortal; luego, recobrando su aspecto meloso, dijo:
—Os engañáis, señores, este pañuelo no es mÃo, y no sé por qué al caballero se le ha ocurrido dármelo a mà con preferencia a vosotros; y en certificación de mis palabras, ahà está el mÃo en mi faltriquera.
Y Aramis sacó su pañuelo, elegante también, y de rica batista, por más que en aquel tiempo la batista estuviese muy cara, pero sin bordados y sin escudo, y adornado únicamente con la cifra de su propietario.
Ahora D’Artagnan, que conoció su error, no dijo esta boca es mÃa; pero los amigos de Aramis no quisieron dar por buena la negativa del mosquetero, y aun uno de ellos le dijo con fingida formalidad:
—De ser como tú supones, mi querido Aramis, me verÃa obligado a reclamarte ese pañuelo, pues te consta que BoisTracy es uno de mis amigos Ãntimos, y no consiento que se haga alarde de los objetos de su mujer.
—Mal te expresas —repuso Aramis—, y eso hace que a pesar de ser justa la esencia de tu reclamación, me negara a atenderla por la forma.