Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —La verdad es —se animó a decir tÃmidamente D’Artagnan— que yo no he visto salir el pañuelo del bolsillo de m. Aramis. TenÃa el pie sobre él, y nada más, y esto me ha dado a entender que el pañuelo era suyo.
—Y os habéis engañado, señor mÃo —profirió con desapego Aramis, poco sensible a la reparación; y volviéndose hacia el guardia que se dijera amigo de Bois-Tracy, añadió—: Por otra parte he reflexionado, señor amigo de Bois-Tracy, que yo también lo soy suyo, y quizá más Ãntimo que no tú; de modo que en rigor este pañuelo tanto puede haber salido de mi faltriquera como de la tuya.
—No, de la mÃa no, por mi honor lo juro —exclamó el guardia de su majestad.
—Tú vas a jurar por tu honor, y yo bajo la fe de mi palabra —dijo Aramis—, y entonces resultará evidentemente que uno de los dos habrá mentido. Mira, obremos mejor, Montaran, tomemos la mitad cada cual.
—¿La mitad del pañuelo?
—SÃ.
—¡Bravo! —exclamaron los otros dos guardias—, esto se llama juzgar a lo Salomón. Realmente, eres un sabio, Aramis.
Los jóvenes se echaron a reÃr y, como es de suponer, no pasaron de aquà las cosas.