Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Poco después cesó la conversación, y los tres guardias y el mosquetero, estrechándose cordialmente las manos, se fueron, aquellos por un lado y Aramis por otro.
Esta es la ocasión de hacer las paces con ese caballero, dijo para sà D’Artagnan, que durante la última parte de la conversación que acabamos de transcribir, se habÃa desviado un poco de los interlocutores; y animado de tan buenas intenciones, se acercó a Aramis, que se alejaba sin hacer de él el más mÃnimo caso, y le dijo:
—Caballero, supongo que me excusaréis.
—¡Ah! ¿Sois vos? —repuso Aramis—, permitidme que os diga que en esta ocasión no habéis obrado como cumple a un hidalgo.
—¡Cómo! —exclamó D’Artagnan—, vos suponéis…
—Lo que yo supongo, caballero, es que no sois un zote, y que por más que lleguéis de Gascuña, sabéis que uno no pisa sin causa los pañuelos de bolsillo. ¡Qué diantre! Las calles de ParÃs no están entapizadas de batista.