Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —HacĂ©is mal en querer humillarme, caballero —repuso D’Artagnan, en quien su carácter quimerista empezaba a sobreponerse a sus resoluciones pacĂficas—. Soy gascĂłn, es verdad, y puesto que lo sabĂ©is, no tengo por quĂ© deciros que los gascones son poco pacientes; por manera que cuando se han disculpado una vez, aunque sea de una tonterĂa, creen haber hecho ya más de la mitad de lo que debĂan hacer.
—Caballero —profiriĂł Aramis—, advertid que no os digo lo que os digo para buscaros quimera. A Dios gracias no soy espadachĂn, y como, por otra parte, solo sirvo en los mosqueteros interinamente, no me bato sino a la fuerza, y siempre con mucha repugnancia; pero ahora el asunto es grave, porque por vuestra culpa ha quedado comprometida una dama.
—Querréis decir por la nuestra —exclamó D’Artagnan.
—¿Por qué habéis cometido la torpeza de darme el pañuelo?
—¿Y por qué la habéis cometido vos de dejarlo caer?
—He dicho y repito, caballero, que el pañuelo no ha salido de mi faltriquera.
—Pues habéis mentido dos veces, porque yo lo he visto salir de ella.
—¡Ah! ¿Asà lo tomáis, señor gascón? Pues yo os voto que os enseñaré a vivir.