Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Y yo os mandaré a rezar misa, señor cura. Tirad de la espada, si os place, y ahora mismo.

—Alto, querido, aquí no, por lo menos. ¿No veis que estamos a las puertas del palacio de Aiguillon, que hierve de secuaces del cardenal? ¿Quién me dice a mí que no sea su eminencia el que os ha dado encargo de procurarle mi cabeza? Pero ved lo que son las cosas, estoy apegado a mi cabeza hasta la ridiculez, porque en verdad me parece que me sienta más que medianamente bien. Así pues no rehúyo mataros, pero a la chita callando, en sitio cerrado y cubierto, donde no podáis vanagloriaros de vuestra muerte ante persona alguna.

—A pedir de boca, pero andaos con tiento, y, sea vuestro o no lo sea, llevaos el pañuelo, pues es fácil que os sirva.

—¿Sois gascón? —preguntó Aramis.

—Lo soy; pero decidme, supongo que no aplazáis una cita por prudencia.

—Si la prudencia es una virtud poco estimable para los mosqueteros, lo es, y mucho, para los eclesiásticos; y como no soy mosquetero más que de un modo provisional, me interesa permanecer prudente. A las dos tendré la honra de aguardaros en el palacio de m. de Tréville; allí os indicaré los sitios más a propósito.


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