Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Pues bien, mi querido amigo —dijo Aramis—, añadid a su devoción natural un buen pico que le proporcione algún bienestar, y entonces, en vez de responder de él una vez, responded dos veces.
—También quedaréis engañados —repuso Athos, que era tan optimista respecto de las cosas, cuanto pesimista en lo tocante a los hombres—. Todo lo prometerán para conseguir dinero, y durante el camino, el miedo les impedirá actuar. Si les prenden, les apremiarán y, apremiados, cantarán. ¡Qué diablos! No somos niños. Para ir a Inglaterra —continuó Athos en voz mucho más queda—, hay que atravesar toda Francia, sembrada de espÃas y de secuaces del cardenal; para embarcarse, se necesita un pase, y, además, es indispensable hablar inglés para orientarse en Londres. DifÃcil veo el negocio.
—Pues yo, al contrario, lo veo fácil —replicó D’Artagnan, que tenÃa mucho empeño en que se llevase a cabo el plan—. ¡Diantre! Ya es de suponer que si escribimos a lord Winter sapos y culebras y pestes del cardenal…
—Más bajo —dijo Athos.