Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Si hablamos de intrigas y de secretos de Estado —continuó D’Artagnan, conformándose a la recomendación de su amigo—, está claro que nos enrodarán vivos; pero no hay que olvidar, como vos mismo lo habéis manifestado, Athos, que nos dirigimos a él por asuntos de familia; que solo le escribimos para que ponga a milady, tan buen punto esta llegue a Londres, en un estado que no pueda dañarnos. Yo le escribiría, pues, una carta poco más o menos en los siguientes términos:

—Vamos a ver —dijo Aramis, poniendo anticipadamente un semblante de crítico.

—«Señor mío y querido amigo…».

—¡Hombre! Querido amigo, a un inglés —interrumpió Athos—. ¡Bravo comienzo, D’Artagnan! Estas dos solas palabras bastan para haceros descuartizar, en vez de haceros enrodar vivo.

—Bueno, diré, sencillamente: «Señor mío».

—También podéis decir milord —repuso Athos, que estaba muy apegado a los miramientos sociales.

—Pues bien —profirió D’Artagnan—, diré: «Milord: ¿os acordáis del pequeño cercado de las cabras del Luxembourg?».

—¡Zambomba! ¡Ahora el Luxembourg! Lo tendrán por una alusión a la reina madre. Esto sí que es ingenioso —atajó Athos.


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