Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Está bien, pondremos simplemente: «Milord: ¿os acordáis de un pequeño cercado en el que alguien os salvó la vida?».

—Mi querido D’Artagnan —dijo Athos—, nunca pasaréis de ser un mal redactor: «¡en el que alguien os salvó la vida!». Esto no es digno. Tales servicios no se le recuerdan a un hombre decoroso. El echar en rostro un beneficio es inferir una ofensa.

—Ah, mi querido Athos, sois insoportable —repuso D’Artagnan—, y desde ahora declaro que renuncio a escribir si hay que hacerlo bajo vuestra censura.

—Y obráis cuerdamente. Manejáis a las mil maravillas la espada y el mosquete; pero, creedme, ceded la pluma a m. el cura.

—Muy bien —dijo D’Artagnan—; Aramis, a ver si nos redactáis la nota esa; pero, por nuestro Padre Santo el Papa, ved lo que hacéis, pues de lo contrario os despellejo a mi vez; ya estáis advertido.

—No pido otra cosa —profirió Aramis con la ingenua confianza que tiene en sí todo poeta—; pero, ante todo, pónganme en autos. Ya he oído decir en alguna parte que la cuñada de lord Winter era una bribona, y aun de ello adquirí la prueba escuchando su conversación con el cardenal.

—Más bajo, ¡maldita sea! —dijo Athos.

—Pero no sé los pormenores —continuó Aramis.

—Ni yo tampoco —repuso Porthos.


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