Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Hacía un día hermosísimo, uno de esos contados días de invierno en que Inglaterra se acuerda de que hay sol. El astro rey, algo apagado, pero todavía rutilante, caminaba a su ocaso, matizando de ígneas fajas el firmamento y el mar y bañando las torres y las vetustas casas de la ciudad con un postrer rayo de oro que hacía brillar los cristales cual si reflejasen las llamas de un incendio. Milady, al respirar el aire del mar, más penetrante y balsámico en la proximidad de la tierra, al contemplar aquellos formidables preparativos que ella tenía el encargo de destruir, y el poder de aquella escuadra que ella sola debía combatir con algunos talegos de oro, se comparó mentalmente a Judith, la terrible hebrea, cuando entró en el campo de los asirios y vio el inmenso balumbo de carros, caballos, hombres y armas a los que con solo mover la mano iba a aventar como una columna de humo.
El buque entró en la rada; pero en el instante en que iba a echar el ancla, se acercó a él un pequeño cúter[6] formidablemente armado, fingiéndose guardacostas, y arrió su bote, en el que se embarcaron un oficial, un contramaestre y ocho remeros.