Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Milady, pese a su firmeza, sentía algo así como estremecimientos de terror.

El oficial hizo que le indicasen el equipaje de lady Clarick, y lo mandó trasladar al bote; luego incitó a aquella a que descendiese de la corbeta y le presentó la mano para ayudarla a entrar en la pequeña embarcación.

—¿Quién sois vos que me hacéis la merced de ocuparos tan particularmente de mí, caballero? —preguntó milady, mirando al oficial y titubeando.

—En mi uniforme debéis echarlo de ver, señora —respondió el joven—; soy oficial de la marina inglesa.

—Bueno, sí; pero ¿es costumbre que los oficiales de la marina inglesa se pongan a las órdenes de sus compatriotas cuando estos arriban a un puerto de la Gran Bretaña, y llevan su galantería hasta el extremo de conducirlos a tierra?

—Sí, milady, es costumbre, no por galantería, sino por prudencia, conducir, en tiempo de guerra, a los extranjeros a un hostal previamente designado, a fin de que permanezcan bajo la vigilancia del gobierno hasta que no se haya obtenido acerca de ellos la más amplia información.

El oficial pronunció estas palabras con la más exquisita civilidad y la calma más completa. Sin embargo, no tuvieron el don de convencer a lady Clarick.


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