Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Es que yo no soy extranjera, caballero —repuso milady en el inglés más castizo que se haya hablado desde Portsmouth a Manchester—; soy lady Clarick, y esta providencia…
—Esta providencia es general, milady, y en vano intentarÃais sustraeros a ella.
—Bien está, os seguiré, pues.
Y, aceptando la mano del oficial, milady empezó a bajar por la escalera al pie de la cual estaba aguardando el bote, en cuya popa estaba tendida una gran capa.
El oficial siguió a lady Clarick, y después de hacerla sentar sobre la capa, tomó sitio junto a ella.
—Remad —dijo el oficial a los marineros.
Los ocho remos hendieron a una las olas, y el bote se deslizó cual gaviota por la superficie de las aguas.
Cinco minutos después, el bote atracó a tierra y el oficial saltó al muelle y ofreció la mano a milady, que al ver un coche allà parado, preguntó a su acompañante:
—¿Es para nosotros ese coche?
—SÃ, señora —respondió el oficial.
—¿Conque está muy lejos el hostal?
—Al otro lado de la ciudad.