Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Vamos —dijo milady, subiendo resueltamente al coche. El oficial hizo colocar cuidadosamente las maletas en la zaga del carruaje y, terminada esta operación, tomó asiento junto a lady Clarick y cerró la portezuela.
Al punto, sin que le diesen orden alguna ni hubiese necesidad de indicarle adónde debía encaminarse, el cochero partió al galope y se internó en las calles de la ciudad.
Un recibimiento tan extraño debía de ser para milady objeto de profunda meditación; por tanto, al ver que el joven oficial no estaba, al parecer, dispuesto de ninguna manera a entablar conversación, se recodó en un rincón del coche y una tras otra pasó revista a todas las suposiciones que la imaginación le sugería.
Sin embargo, al cabo de quince minutos y admirada de la largura del camino, milady se asomó a la portezuela para ver adónde la conducían; pero al no percibir ya casa alguna, sino árboles que aparecían en medio de las tinieblas como descomunales y negros fantasmas que corrían unos en pos de otros, se estremeció y dijo a su acompañante:
—Pero caballero, ya hemos salido de la ciudad. El oficial no despegó los labios.
—Si no me manifestáis adónde me conducís, no voy más allá, os lo advierto —prosiguió milady. Esta amenaza no obtuvo respuesta alguna.