Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¡Oh! Esto es demasiado —exclamó lady Clarick—. ¡Socorro! ¡Socorro!

Ni una voz respondió a la de aquella mujer.

El coche continuó su rápida carrera; el oficial parecía una estatua.

Lady Clarick miró a su acompañante con expresión terrible, con una de esas expresiones peculiares de su rostro y que rarísima vez dejaban de producir efecto; la cólera le hacía brillar las pupilas en medio de las tinieblas.

El joven continuó impasible y, al ver que milady se disponía a abrir la portezuela para precipitarse por ella, dijo con frialdad:

—Idos con tiento, señora, si saltáis a la vía, os mataréis.

Milady volvió a sentarse, echando espumarajos; el oficial se inclinó, la miró a su vez y pareció sorprendido de ver aquella cara, tan hermosa hasta entonces, trastornada por la rabia hasta la deformidad. Lady Clarick, que era el prototipo de la astucia, comprendió que dejando de tal suerte al descubierto su alma, estaba perdida; así pues, serenó sus facciones, y profirió con voz gemebunda:

—Por Dios, caballero, decidme a quién debo atribuir la violencia de que soy víctima, si a vos, a vuestro gobierno, o a un enemigo.


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