Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —No os hacen violencia alguna, señora —respondió el oficial—; sois simplemente objeto de una disposición que nos hemos visto obligados a tomar para con todos los que desembarcan en Inglaterra.
—Entonces ¿no me conocéis vos? —preguntó milady al oficial.
—Esta es la primera vez que tengo la honra de veros.
—¿Me dais palabra de que no tenéis ningún motivo de odio contra m�
—Ninguno, palabra.
HabÃa tanta serenidad, tanta calma y aun tanta dulzura en la voz del joven, que milady se tranquilizó.
Por fin y tras una hora de marcha, el coche se detuvo ante una reja de hierro que cerraba un camino encajonado que conducÃa a un robusto y aislado castillo de severa arquitectura. Entonces, al dar la vuelta el carruaje sobre una capa de fina arena, milady oyó un prolongado mugido, en el que conoció el rumor del mar que viene a desmenuzarse en una costa escarpada.
El coche pasó bajo dos bóvedas, y se paró en un patio sombrÃo y cuadrado; casi al punto se abrió la portezuela, y el joven se apeó ligeramente y ofreció la mano a milady, que se apoyó en ella y bajó a su vez con bastante calma.