Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Sea lo que fuere, heme presa —dijo lady Clarick, mirando a todas partes y fijando luego los ojos en el oficial, mientras por sus labios vagaba la más graciosa sonrisa—; pero estoy segura de que no será para mucho tiempo; de ello me salen garantes mi conciencia y vuestra cortesÃa.
Por muy lisonjeras que fuesen estas palabras, el oficial no respondió ninguna; pero, sacando de su cinturón un silbato de plata semejante a los que usan los contramaestres de los buques de guerra, le dio por tres veces voz de su aliento y en otras tantas modulaciones, y a su llamamiento acudieron algunos hombres que desengancharon los humeantes caballos y entraron el coche en una cochera.
Entonces el oficial, siempre con la misma sosegada civilidad, invitó a milady a que entrase en el castillo.
Milady, que no habÃa borrado de su boca la sonrisa, se apoyó en el brazo de su acompañante, y entró con él por una puerta baja y cimbrada que, a través de una bóveda alumbrada únicamente al final, conducÃa a una escalera de caracol, labrada de sillares; luego, se detuvieron ante una maciza puerta que, después de haber el joven introducido en la cerradura de ella una llave que consigo traÃa, giró pesadamente sobre sus goznes y abrió paso a la habitación destinada a milady.