Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Esta abrazó de una sola ojeada y en sus más mínimos ápices la pieza aquella, cuyo mobiliario tanto cuadraba a una prisión como a una habitación de hombre libre; no obstante, los barrotes de las ventanas y los cerrojos exteriores de la puerta fallaban en favor de la prisión.
Por un instante, aquella mujer de alma templada en los manantiales más vigorosos se sintió desfallecer, y cayendo en un sillón, cruzó los brazos, bajó la cabeza, y esperó que de un momento a otro entrara el juez para interrogarla.
Pero solo entraron dos o tres soldados de marina que trajeron las maletas y las cajas, las dejaron en un rincón y se retiraron sin chistar.
El oficial dirigía todos los pormenores con la misma calma de la que hasta entonces milady fuera testigo, sin proferir tampoco una palabra, y haciéndose obedecer a toque de silbato o por medio de señales con la mano.
No parecía sino que entre aquel hombre y sus subordinados no existía la lengua hablada o que esta se había hecho inútil.