Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Por Dios —exclamó al fin lady Clarick, no pudiendo refrenarse por más tiempo—; por Dios, caballero, ¿qué significa cuanto está pasando? Sacadme de mi incertidumbre; tengo valor para sobrellevar todo peligro que preveo, toda desventura que comprendo. ¿Dónde estoy y qué soy aquí? Si estoy libre, ¿por qué esas rejas y esas puertas? Si presa, ¿qué crimen he cometido?

—Señora —respondió el oficial—, aquí estáis en la habitación que se os ha destinado. He recibido la orden de ir a por vos a bordo y conduciros a este castillo, lo cual me parece que he cumplido con la rigidez de un soldado, a la vez que con la cortesía de un caballero. Aquí acaba, al menos por ahora, mi cometido respecto de vos; lo demás atañe a otra persona.

—Y esta otra persona, ¿quién es? ¿No podéis decirme cómo se llama? —preguntó milady.

En esto se oyó, por la parte de la escalera, un gran ruido de espuelas; pasaron y se apagaron algunas voces, y se acercó a la puerta rumor de pasos de un solo hombre.

—Esa persona, señora, hela aquí —dijo el oficial, apartándose de la puerta y cuadrándose en señal de respeto y sumisión.

Al mismo tiempo, se abrió la puerta y dio paso a un hombre que llevaba descubierta la cabeza, ceñía espada, y estrujaba entre los dedos un pañuelo.


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