Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros A milady le pareció reconocer a aquella sombra en medio de la sombra, apoyó las manos en los brazos del sillón y avanzó la cabeza como para salir al encuentro de la realidad.
El recién llegado entró con lentitud en el aposento, y a proporción que avanzaba e iba penetrando en la zona de luz proyectada por la lámpara, milady reculaba involuntariamente.
—¡Cómo! ¡Mi hermano! ¿Sois vos? —exclamó lady Clarick, cuando ya no le cupo ninguna duda y en el colmo del estupor.
—El mismo, hermosa dama —respondió lord Winter, haciendo un saludo entre cortés e irónico.
—Entonces, este castillo…
—Es mío.
—Este aposento…
—Es el vuestro.
—Entonces ¿estoy presa?
—Casi casi.
—Este es un escandaloso abuso de fuerza.
—Dejaos de palabras retumbantes; sentémonos y conversemos tranquilamente, como debe hacerse entre hermanos.
Y, volviéndose hacia la puerta, y al ver que el joven oficial estaba aguardando sus últimas órdenes, lord Winter dijo: