Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Ya habrá supuesto el lector que milady, durante el examen al que la sometió el oficial, había devorado a su vez a este con la mirada. Sin embargo, pese al hábito que tenía aquella mujer de ojos flamígeros de leer en el corazón de las personas de las que necesitaba adivinar los secretos, se encontró con un rostro tan impasible, que su investigación resultó totalmente infructuosa.
El oficial que se detuviera ante milady y, silenciosamente, la estudiara con tal escrúpulo, estaba entre los veinticinco y los veintiséis años de edad, tenía blanco el rostro, zarcos y un tanto hundidos los ojos, boca inmóvil de labios delgados y de forma correcta, barbilla abultada, signo de firmeza de carácter, pero que, en el tipo vulgar británico, suele no ser más que señal de pertinacia, y frente ligeramente echada hacia atrás, que tan bien sienta a poetas, entusiastas y militares, estaba apenas sombreada por una cabellera corta y escasa que, como la barba que le cubría lo bajo de la cara, era de un hermoso color castaño oscuro.
Al entrar en el puerto, había cerrado ya la noche, y la bruma, que hacía aún más densa la oscuridad, formaba en torno de los faroles y de las linternas de los muelles un cerco semejante al que rodea la luna cuando el tiempo amenaza lluvia.
Se respiraba un ambiente triste, húmedo y frío.