Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Lo primero que se le ocurrió a milady, al recibir tal estocada, que realmente era recta y profunda, fue que había sido vendida por Ketty, y que esta contara al lord la interesada aversión cuyas señales dejara imprudentemente vislumbrar ante su doncella; luego recordó la furiosa e indiscreta salida que hiciera contra D’Artagnan, cuando este salvó la vida al barón.
—No os comprendo, milord —repuso lady Clarick para ganar tiempo y hacer hablar a su adversario—. ¿Qué queréis decir? ¿Encierran algún misterio vuestras palabras?
—¿Misterio? No —dijo lord Winter con aparente sencillez—; se os antoja verme, y venís a Inglaterra. Llega a mi noticia vuestro antojo, o más bien adivino que lo sentís, y para evitaros las molestias de una llegada nocturna a un puerto y las fatigas de un desembarco, envío a uno de mis oficiales a vuestro encuentro, pongo un coche a su disposición, y os conduce aquí, a este castillo, del que soy gobernador, al que vengo todos los días, y en el cual he mandado que os prepararan un cuarto para que los dos pudiésemos satisfacer nuestro deseo de vernos mutuamente. ¿Qué hay en lo que digo que sea más extraño que lo que vos me habéis dicho?
—Nada, lo que a mí me admira es que os hubiesen puesto al corriente de mi llegada.