Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Vengo a veros —profirió lady Clarick, sin saber cuánto agravaba, con semejante respuesta, las sospechas que hiciera nacer en el ánimo de su cuñado la carta de D’Artagnan, y queriendo únicamente captarse con una mentira la benevolencia de su oyente.
—¡Ah!, ya. A verme, ¿eh? —dijo con socarronerÃa lord Winter.
—Claro que sÃ; ¿qué hay de extraordinario en eso?
—¿Y no os trae otro fin que el de verme?
—No.
—Asà pues, ¿para mà solo os habéis tomado la molestia de atravesar la Mancha?
—Solo para vos.
—¡Diablos! ¡Cuánta ternura, hermana mÃa!
—¿Acaso no soy yo vuestra parienta más cercana? —exclamó milady con voz llena de tierna ingenuidad.
—Y también mi única heredera, ¿no es eso? —repuso lord Winter, mirando de hito en hito a su interlocutora.
Milady, por mucho que fuese el dominio que tenÃa sobre sÃ, no pudo menos de estremecerse, y como al pronunciar las últimas palabras que dijera, lord Winter habÃa puesto la mano sobre el brazo de su cuñada, no le pasó inadvertido aquel estremecimiento.