Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Entretanto, el ejército real, libre de las zozobras de su verdadero y único jefe, llevaba una vida alegre, tanto más cuanto en el campamento no faltaban los víveres ni el dinero: todos los cuerpos rivalizaban en audacia y buen humor. Cazar espías y ahorcarlos, efectuar atrevidas expediciones por el dique o por el mar, concebir diabluras y ejecutarlas fríamente, tales eran los pasatiempos que hacían hallar cortos al ejército aquellos días tan largos, no solo para los rochelanos, roídos por el hambre y la ansiedad, mas también para el cardenal, que con tanto vigor los bloqueaba.

En ocasiones, cuando su eminencia, que siempre iba a caballo como el último gendarme del ejército, paseaba su pensativa mirada por aquellas obras, tan lentas en comparación con su deseo, que bajo sus órdenes las construían los ingenieros que hacía venir de todos los rincones de Francia, si se encontraba con un mosquetero de la compañía de m. de Tréville, se acercaba a él y lo miraba de un modo singular, y si veía que no era uno de nuestros cuatro amigos, dejaba vagar por otra parte su profunda mirada y sus vastos pensamientos.




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