Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Un día en que, juguete de tedio mortal, perdida toda esperanza en las negociaciones con la ciudad, y sin nuevas de Inglaterra, Richelieu había salido sin otro fin que el de salir, acompañado únicamente de Cahusac y de La Houdinière, costeando la playa y confundiendo la inmensidad de sus planes con la inmensidad del océano, llegó al paso corto de su cabalgadura al ápice de una colina y divisó tras un seto, tendidos en la arena y tomando de paso uno de esos rayos de sol tan raros en semejante estación, a siete hombres rodeados de botellas destripadas. Cuatro de aquellos hombres eran nuestros mosqueteros, los cuales se disponían a escuchar la lectura de una carta que uno de ellos acababa de recibir; y era tan importante aquella carta, que había hecho abandonar sobre un tambor una baraja y un juego de dados.
Los otros tres, que eran los lacayos de aquellos señores, estaban ocupados en descorchar una descomunal damajuana de vino de Collioure.
El cardenal, como hemos dicho, estaba de pésimo humor, y cuando estaba en tal situación de espíritu, nada aumentaba su desabrimiento como la alegría de los demás. Por otra parte, aquel tenía una preocupación singular, la de creer que la causa de la alegría de los otros no era otra que su propia tristeza.