Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Richelieu hizo seña a La Houdinière y a Cahusac de que se detuviesen, y, apeándose, se acercó a aquellos reidores sospechosos, esperando que con ayuda de la arena que amortiguaba el ruido de sus pasos, y del seto que velaba su presencia, le fuera fácil coger al vuelo algunas palabras de aquella conversación que tan interesante le parecía. Hasta que estuvo a diez pasos del seto no conoció la parlería del gascón, y como ya sabía que aquellos hombres eran mosqueteros, dio por cierto que los otros tres eran los llamados inseparables, es decir, Athos, Porthos y Aramis.

Júzguese si con tal descubrimiento aumentó en su eminencia el deseo de oír la conversación. Richelieu, cuyos ojos cobraron una expresión extraña, avanzó hacia el seto con paso de gato tigre; pero aún no había podido coger más que algunas sílabas vagas e incoherentes, cuando una voz sonora y rápida le hizo estremecer a él y llamó la atención de los mosqueteros.

—¡Oficial! —gritó Grimaud.

—¡Ah, pillo! Se me antoja que estáis hablando —dijo Athos, recodándose y fascinando a Grimaud con su ardiente mirada.

Así es que el lacayo no añadió ni una palabra; contentándose con tender el dedo indicador en dirección del seto y denunciando con este ademán a su eminencia y a su escolta.


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