Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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De un brinco, los cuatro mosqueteros se levantaron y saludaron con respeto.

—Por lo que se ve —dijo el cardenal, al parecer enfurecido—, los señores mosqueteros se hacen guardar. ¿Acaso vienen por tierra los ingleses, o es que los mosqueteros se tienen por oficiales superiores?

—Monseñor —respondió Athos, que en medio del terror general fue el único que conservó la calma y la impasibilidad de gran señor que nunca lo abandonaba—; monseñor, los mosqueteros, cuando no están de servicio, o lo han acabado, beben y juegan a los dados, y son oficiales superiorísimos para sus lacayos.

—¡Lacayos! —refunfuñó Richelieu—, lacayos que tienen la consigna de advertir a sus amos cuando pasa alguien no son tales lacayos, son centinelas.

—Sin embargo, su eminencia ve que de no haber tomado nosotros semejante precaución, estábamos expuestos a dejarle pasar sin ofrecerle nuestros respetos y sin darle las más rendidas gracias por la que nos ha hecho al reunírsenos. D’Artagnan —continuó Athos—, aprovechad la ocasión, vos que apenas hace un rato la pedíais para manifestar vuestra gratitud a monseñor.

Athos profirió estas palabras con la imperturbable flema que le distinguía en las horas de peligro, y con la exquisita civilidad que en ciertas circunstancias le convertía en un rey más majestuoso que los reyes de nacimiento.


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