Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros D’Artagnan se acercó y balbució algunas palabras de agradecimiento, que pronto expiraron bajo la sombría mirada de su eminencia.
—No importa, señores —continuó el cardenal sin que, al parecer, le hubiese desviado lo más mínimo de su intención primera el incidente promovido por Athos—; no importa, no me place que simples soldados, por el mero hecho de servir en un cuerpo privilegiado, presuman de grandes señores; la disciplina es igual para ellos que para todo el mundo.
Athos dejó al cardenal que redondeara su pensamiento, y después de inclinar la cabeza en señal de asentimiento, replicó:
—Monseñor, soy del parecer que no hemos olvidado para nada la disciplina. Como no estamos de servicio, nos ha parecido que podíamos emplear el tiempo en lo que mejor nos agradare. Si somos bastante afortunados para que su eminencia tenga que darnos una orden particular, estamos prontos a obedecerle. Monseñor ve —prosiguió Athos, arrugando el ceño, pues aquella especie de interrogatorio empezaba a impacientarlo—, que para que no nos cogiera desprevenidos el menor lance, hemos salido armados.
Tras estas palabras, Athos mostró con el dedo, al cardenal, los cuatro mosquetes puestos en pabellón junto al tambor sobre cuyo parche estaban los naipes y los dados.