Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Tenga por cierto vuestra eminencia —añadió D’Artagnan— que nos hubiéramos adelantado a recibirle si pudiésemos haber imaginado que era ella quien venía con tan escaso acompañamiento.

El cardenal se mordía los bigotes y un poco los labios.

—¿Queréis que os diga lo que parecéis, siempre juntos, como ahora, armados como vais, y guardados por vuestros lacayos? —profirió Richelieu—. Pues parecéis cuatro conspiradores.

—En cuanto a esto, es verdad, monseñor —repuso Athos—; realmente conspiramos, como pudo verlo vuestra eminencia el otro día, pero es contra los rochelanos.

—¡Ah, señores políticos! —exclamó el cardenal, frunciendo a su vez las cejas—, tal vez en vuestros cerebros se hallaría el quid de muchas cosas ignoradas, como uno pudiese leer en ellos como estabais vosotros leyendo la carta que habéis escondido al verme venir.

—No parece sino que, en realidad, sospecháis de nosotros, monseñor —prorrumpió Athos con el rostro encendido y dando un paso hacia el cardenal—, y que sufrimos un verdadero interrogatorio; si es así, dígnese explicarse vuestra eminencia, y por lo menos sabremos a qué atenernos.


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