Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros El cardenal, pálido como un difunto y echando por los ojos rayos de siniestro brillo, se volvió como para dar una orden a Cahusac y a La Houdinière; pero Athos, que notó el movimiento de su eminencia, dio un paso hacia los mosquetes, en los cuales Porthos, Aramis y D’Artagnan tenÃan fijas las miradas como mal dispuestos a dejarse prender. El cardenal no llevaba consigo más que dos hombres, que con él hacÃan tres, y los mosqueteros, más los lacayos, eran siete; juzgó aquel, pues, que el partido serÃa tanto menos igual, cuanto Athos y sus amigos realmente conspiraban, y por una de las rápidas reacciones que le eran peculiares, toda su cólera se fundió en una sonrisa.
—Muy bien —dijo Richelieu—, sois valientes, altivos a la luz del sol y fieles en la oscuridad; no hay mal alguno en velar por sà cuando tan bien se vela sobre los demás; señores, no he olvidado la noche en que me escoltasteis hasta el Colombier-Rouge; si en el camino que voy a seguir hubiese algún peligro, os rogarÃa que me acompañaseis; pero como no lo hay, continuad donde estáis, y dad fin a vuestras botellas, a vuestro partido y a vuestra carta. Adiós, señores.
Y, subiéndose nuevamente en su caballo, que Cahusac le habÃa conducido, su eminencia saludó con la mano a los cuatro amigos y se alejó.