Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Nuestros mosqueteros, en pie, inmóviles y mudos, siguieron con los ojos al cardenal hasta que este hubo desaparecido, y luego cruzaron una mirada.
Los cuatro estaban abatidos, pues, a pesar del amistoso adiós de su eminencia, comprendían que Richelieu se iba con la rabia en el corazón.
Solo Athos sonreía con calma y con desdén.
—Ese Grimaud ha atisbado bien tarde —exclamó el gigante cuando el cardenal estuvo fuera del alcance de la voz y de la vista, y movido por el deseo de hacer recaer en alguien su mal humor.
Grimaud iba a replicar para disculparse, pero al ver que Athos levantaba el dedo, se dio un punto a la boca.
—¿Hubierais entregado la carta? —preguntó D’Artagnan a Aramis.
—¿Yo? —respondió Aramis con su voz más meliflua—, ya estaba resuelto: si hubiese exigido la entrega de la carta, se la hubiera presentado con una mano, y con la otra le habría atravesado de parte a parte con mi espada.
—Ya lo supuse —profirió Athos—, y por eso me he interpuesto entre vos y él. En verdad, ese hombre es muy imprudente al hablar de tal suerte a otros hombres; no parece sino que nunca ha tenido que habérselas más que con mujeres y con niños.