Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Os admiro, mi querido Athos —dijo D’Artagnan—; sin embargo, después de todo, la razón no estaba de nuestra parte.

—¡Cómo que la razón no estaba de nuestra parte! —exclamó el mosquetero—. ¿De quién es, pues, el aire que respiramos? ¿De quién ese océano sobre el cual se extienden nuestras miradas? ¿De quién esta arena en la que estábamos tendidos? ¿A quién pertenece la carta de vuestra amante? ¿Al cardenal? Por mi honor, que a ese hombre se le figura que el mundo es suyo. Vos estabais ahí, balbuciente, estupefacto, confundido; cualquiera, al veros, habría dicho que ante vos se levantaba la Bastille y que la gigantesca Medusa os convertía en piedra. ¿Por ventura es conspirar el estar enamorado? Vos estáis rendido por una mujer a quien el cardenal ha hecho encerrar, y queréis arrancarla de manos de quien ha mandado encerrarla; es un partido que jugáis con su eminencia: esa carta es vuestro juego; y si esto es así, como lo es, ¿por qué mostraríais vuestro juego a vuestro adversario? Esto no se hace. Enhorabuena que lo adivine; nosotros bien adivinamos el suyo.

—La verdad es que es muy atinado lo que decís —repuso D’Artagnan.

—Pues no se hable más de ello, y anude Aramis la carta de su prima allí donde la ha interrumpido su eminencia.


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