Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros ¡Cuánto odio destila milady! Allí, inmóvil y con los ojos ardientes y fijos en su solitario aposento. ¡Con qué terrible armonía acompañan los sordos rugidos que a intervalos se le escapan de lo más hondo del pecho el ruido de la ola que sube, ruge y viene a reventar, como una desesperación eterna e impotente, contra las peñas sobre las cuales se levanta aquel lóbrego y orgulloso castillo! ¡Cómo, a la luz de los rayos que su tormentosa cólera hace brillar en su espíritu, concibe contra mm. Bonacieux y sobre todo contra D’Artagnan espantables proyectos de venganza, perdidos en las lejanías del porvenir!
Sí, mas para vengarse hay que estar libre, y para estar libre, cuando uno se pudre en una prisión, es menester agujerear el muro, arrancar barrotes de su sitio, horadar un techo; empresas todas ellas que puede llevar a cabo un hombre paciente y robusto, pero ante las cuales deben estrellarse las irritaciones febriles de una mujer. Por otra parte, para cumplir aquella obra son menester meses, años, y ella… ella no puede disponer más que de diez a doce días, según le ha dicho lord Winter, su fraternal y terrible carcelero. Y, sin embargo, si ella fuese hombre, intentaría todo aquello, y quizá conseguiría su deseo; ¿por qué, pues, el cielo se ha equivocado del tal suerte, encerrando aquella alma viril en un cuerpo tan endeble y delicado?