Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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¡Qué terribles fueron para milady los primeros instantes de su cautiverio! ¡Qué indomables convulsiones de rabia pagaron a la naturaleza su deuda de debilidad femenina! Pero poco a poco milady fue dominando las violentas manifestaciones de su cólera insensata, los estremecimientos nerviosos que le agitaran el cuerpo desaparecieron, y, recogida sobre sí misma como fatigada serpiente que reposa, dijo, mientras clavaba en el espejo, que reflejaba en sus ojos una ardiente mirada con la cual parecía interrogarse a sí misma:

—Cierto, he sido una tonta al ofuscarme de tal suerte. Nada de violencias; la violencia es una prueba de debilidad; de probar yo mis fuerzas contra mujeres, tal vez las encontraría más débiles que yo, y, por consiguiente, las vencería; pero lucho contra hombres, y para ellos no soy más que una mujer. Luchemos como mujer, en mi endeblez está mi fuerza.

Y como para darse a conocer a sí misma los cambios que podía imponer a su fisonomía, tan expresiva y tan elástica, le hizo tomar todas las expresiones, desde la cólera que le crispaba las facciones, hasta la más suave, afectuosa y seductora sonrisa. Luego y bajo sus inteligentes manos, sus cabellos tomaron las ondulaciones que ella supuso que realzarían los atractivos de su rostro.


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