Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Ahí está —murmuró por fin milady, satisfecha de sí misma—, nada se ha perdido; conservo toda mi hermosura.

Eran poco más o menos las ocho de la noche. Milady percibió una cama, y, al verla, pensó que algunas horas de reposo le refrescarían no solo la cabeza y las ideas, sino también la tez. Sin embargo, antes de acostarse y como recordara haber oído hablar de cena, se le ocurrió una idea mejor.

Milady, que ya hacía una hora que se hallaba en aquel aposento, juzgó que no podían tardar en servirle la cena, y no queriendo perder tiempo, resolvió hacer aquella noche misma alguna prueba para tantear el terreno, estudiando el carácter de las personas a las cuales estaba confiada su custodia.

Por debajo de la puerta apareció una luz. Milady, que se había levantado al anuncio de la llegada de sus carceleros, se dejó caer nuevamente en su sillón, con la cabeza echada hacia atrás, suelta y esparcida la hermosa cabellera, la garganta casi desnuda bajo sus ajados encajes, y con una mano sobre el corazón y la otra colgando.

Abrieron los cerrojos, la puerta rechinó sobre sus goznes, y en el aposento resonaron pasos que fueron acercándose.

—Dejad aquí esta mesa —dijo una voz en la que la presa conoció la de Felton.


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