Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Ya lo he imaginado, milord —dijo Felton—; pero como en definitiva la presa es mujer, he resuelto tratarla con las consideraciones que a las mujeres debe todo hombre bien nacido, si no por ellas, al menos por lo que uno se debe a sí mismo.

Milady se estremeció de pies a cabeza, y sintió pasar por sus venas y cual una corriente de hielo las palabras de Felton.

—¿Conque —repuso Winter, riéndose— esos hermosos cabellos sabiamente destrenzados, esa blanca piel y esa lánguida mirada todavía no te han seducido, corazón de piedra?

—No, milord —respondió el impasible mozo—; para corromperme, todas las astucias y todas las coqueterías femeninas son pocas.

—En este caso, mi valeroso teniente, dejemos a milady que busque en su mente otros recursos y vámonos a cenar. No temas, milady tiene la imaginación fecunda, y no tardará en seguir al primero el segundo acto de la comedia.

Tras estas palabras, lord Winter dio el brazo a Felton y se lo llevó riendo.

—¡Oh! —murmuró milady entre dientes—, yo hallaré lo que has de menester, infeliz fraile malogrado, pobre soldado converso que has trocado en uniforme la cogulla.


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