Los Tres Mosqueteros

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—A propósito, milady —repuso el barón, deteniéndose en el umbral—, no porque hayáis sufrido este descalabro debéis perder el apetito. Probad ese pollo y esos pescados; palabra que no los he hecho envenenar. Estoy bastante satisfecho de mi cocinero, y como no debe heredar de mí, tengo en él omnímoda confianza. Haced, pues, lo que yo. Adiós, mi querida hermana; hasta vuestro próximo desmayo.

Era cuanto podía soportar milady: las manos se le crisparon sobre el sillón, le rechinaron sordamente los dientes, siguió con los ojos el movimiento de la puerta que se cerraba tras lord Winter y Felton, y, una vez a solas, y pábulo de un nuevo arrebato de desesperación, lanzó una mirada a la mesa, y al ver brillar un cuchillo se abalanzó a él y lo empuñó; pero su desengaño fue cruel: la hoja era roma y de flexible plata.

En esto se oyó una carcajada tras la puerta, que se abrió de nuevo.

—¡Ja! ¡Ja! —exclamó lord Winter—; ya lo ves, amigo Felton, ha pasado cual te he dicho; ese cuchillo era para ti, hijo mío, esa mujer te hubiera asesinado: sí, es una de las condiciones de su carácter el deshacerse de una manera o de otra de aquellos que la estorban. De haber cumplido yo tus deseos, el cuchillo ese habría sido de aguzado acero, y entonces, adiós Felton, te hubiera degollado a ti, y tras de ti, a todo el mundo. Mira qué bien empuña el cuchillo.


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