Los Tres Mosqueteros

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En efecto, milady sostenía aún con su crispada mano el arma ofensiva, pero el supremo insulto que iba envuelto en las últimas palabras del barón le hizo abrir los dedos y dar en tierra con sus fuerzas y aun con su voluntad.

El cuchillo cayó en el suelo.

—Tenéis razón, milord —profirió Felton con acento de hondo disgusto que resonó hasta lo más íntimo del corazón de milady—; tenéis razón; yo no sabía lo que me decía.

El barón y el teniente salieron de nuevo; pero ahora milady prestó más atención que la vez primera, y oyó los pasos de aquellos alejarse y apagarse al final del corredor.

—Estoy perdida —murmuró lady Clarick—. Heme en poder de hombres en los cuales no haría yo más mella que si fuesen estatuas de bronce o de granito; me conocen como a sí mismos y están acorazados contra todas mis armas. Sin embargo, es imposible que esto acabe como ellos han decidido.

En efecto, como lo indicaba esta última reflexión, el regreso instintivo de milady a la esperanza probaba que el temor y la debilidad no surgían para mucho tiempo en su alma.

Lady Clarick se sentó a la mesa, comió con apetito, bebió un poco de vino de España, y sintió renacer su resolución.


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