Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Antes de acostarse, aquella furia del averno ya había comentado, analizado, estudiado bajo todos sus aspectos y examinado a todas luces las palabras, los pasos, los ademanes, los signos y aun el silencio de sus carceleros, de cuyo profundo, hábil e inteligente estudio dedujo que Felton era, en resumen, el más vulnerable de sus dos perseguidores.
Una frase sobre todo recordaba la presa: «De haber yo cumplido tus deseos», había dicho lord Winter a Felton.
Entonces el joven teniente había hablado en favor de ella, aunque el barón no había querido escucharle.
Débil o fuerte, decía para sí milady, en el alma de ese hombre anida una vislumbre de compasión; yo haré que esa vislumbre se convierta en un incendio que lo devore. En cuanto al otro, me conoce, me teme y sabe qué puede esperar de mí si llego a escaparme de sus manos; luego es inútil intentar cosa alguna respecto de él. Pero Felton ya es distinto, es un joven sencillo, puro y, al parecer, virtuoso: a ese lo puedo coger.
Y milady se acostó y se durmió con la sonrisa en los labios. Quien la hubiese visto dormida, la hubiera tomado por una doncella soñando con la corona de flores que debía ceñir a sus sienes en la próxima fiesta.