Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Felton, que llevaba un libro en la mano, permaneció en el aposento hasta que todos se hubieron marchado.

Milady, recostada en un sillón junto a la chimenea, hermosa, pálida y resignada, parecía una santa virgen que aguardase el martirio.

—Lord Winter, que es católico como vos, señora —dijo el teniente, acercándose a milady—, ha imaginado que la privación de los ritos y de las ceremonias de vuestra religión puede seros penosa; así pues, consiente en que todos los días leáis el ordinario de vuestra misa. Aquí tenéis un libro que contiene el ritual.

La manera como Felton puso el libro sobre la mesita junto a la cual estaba milady, el acento con el que pronunció los dos vocablos «vuestra misa», y la sonrisa de desdén con que los acompañó, incitaron a la presa a levantar la cabeza y a mirar con más atención al teniente.

Milady, al ver el severo tocado del joven, su exageradamente sencillo uniforme, y su frente pulida como el mármol, pero dura e impenetrable como este, conoció en su interlocutor a uno de aquellos sombríos puritanos con quienes se había encontrado ora en la corte del rey Jacobo I de Inglaterra, ora en la del rey de Francia, donde, no obstante el recuerdo de la noche de la Saint-Barthélemy, venían de vez en cuando a buscar refugio.


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