Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Lady Clarick tuvo, pues, una de esas inspiraciones súbitas, como únicamente las reciben los genios en las grandes crisis, en los momentos supremos que deben decidir su suerte o su vida.
En efecto, aquellas dos palabras, «vuestra misa», y una sola mirada dirigida a Felton, le habÃan revelado toda la importancia de la respuesta que ella iba a dar; pero con la rapidez de concepción que le era propia, la respuesta se le vino ya formulada a la boca.
—¡Yo! —profirió milady con voz de desdén en armonÃa con el que ella notara en la del joven oficial—. ¡Mi misa! Al corrompido católico lord Winter le consta que no pertenezco a su religión. Lo que quiere lord Winter es tenderme una trampa.
—¿A qué religión pertenecéis, pues, señora? —preguntó Felton con una extrañeza que, pese a su dominio sobre sà mismo, no pudo disimular del todo.
—Lo diré el dÃa que haya sufrido bastante por mi fe —respondió milady con exaltación fingida. La mirada del teniente descubrió a milady el inmenso espacio que acababa de abrirse con estas solas palabras.
Con todo eso, Felton permaneció mudo e inmóvil; solo su mirada habÃa hablado.