Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Explicaos, milord —repuso con majestad la presa—, porque en verdad os digo que si entiendo vuestras palabras, no las comprendo.
—Señal de que no profesáis religión alguna; prefiero esto —profirió con zumba lord Winter.
—Esto se compagina más con vuestros principios —contestó con frialdad milady.
—No, me tiene muy sin cuidado.
—Por más que no declaraseis vuestra indiferencia religiosa, darÃan fe de ella vuestros escándalos y vuestros crÃmenes.
—¿Eh? —exclamó lord Winter—. ¿Vos habláis de escándalos, Mesalina, lady Macbeth? O he oÃdo mal, o vive Dios que es muy grande vuestra impudicicia.
—Habláis de esta suerte porque sabéis que nos están escuchando —replicó con impasibilidad lady Clarick—, y queréis interesar contra mà a vuestros carceleros y a vuestros verdugos.
—¡Mis carceleros! ¡Mis verdugos! ¡Vaya! Parece que ahora lo tomáis por el lado poético, y que la comedia de ayer degenera esta tarde en tragedia. Por lo demás, dentro de ocho dÃas estaréis donde debéis estar y yo habré cumplido mi tarea.
—Tarea infame e impÃa —repuso milady con la exaltación de la vÃctima que provoca a su juez.