Los Tres Mosqueteros

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La puerta se abrió suavemente; pero la hermosa suplicante fingió no haber oído, y, con voz conmovida, continuó:

—¡Dios vengador! ¡Dios de bondad! ¿Dejaréis que ese hombre cumpla sus espantosos designios?

Ahora milady aparentó oír el rumor de los pasos de Felton y, levantándose con la rapidez del pensamiento, se ruborizó, como avergonzada de que la hubiesen sorprendido de rodillas.

—No me gusta estorbar a los que oran, señora —dijo Felton con gravedad—; no os molestéis, pues, por mí, os lo ruego.

—¿Y cómo sabéis vos que yo estaba orando? —repuso milady con voz ahogada por los sollozos—: os habéis engañado, caballero, yo no oraba.

—¿Imagináis, señora —respondió el teniente otra vez con gravedad, pero con voz más suave—, que yo me creo en el derecho de impedir a una criatura que se postre ante su Creador? ¡Dios no lo permita! Por otra parte, el arrepentimiento sienta bien a los culpables; sea cual fuere el crimen que haya cometido, un culpable que está a los pies del Señor es sagrado para mí.


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