Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¡Yo, culpable! —dijo milady con una sonrisa que hubiera desarmado al ángel del juicio final—. ¡Culpada! ¡Dios mío! ¡Vos sabéis si lo soy! Decid que me han condenado, y estaréis en lo justo, caballero; pero ya sabéis vos que Dios, que ama a los mártires, a veces permite que los inocentes sean condenados.

—Condenada, inocente o mártir —repuso Felton—, razón de más para orar, y aun yo os acompañaré en vuestras oraciones.

—¡Oh! —exclamó milady, echándose a los pies del joven—, sois un justo; ya no puedo más, pues temo que me falten las fuerzas en el momento en que me será necesario sostener la lucha y confesar mi fe; escuchad, pues, la súplica de una mujer desesperada. Os están engañando, caballero, pero no se trata de eso, no os pido sino una merced, y si me la concedéis, os bendeciré en este y en el otro mundo.

—Dirigíos a quien dé derecho, señora —dijo Felton—; por fortuna, no tengo a mi cargo el perdonar ni el castigar; a otro más encumbrado que yo ha conferido Dios esta responsabilidad.

—No, solamente a vos, a nadie más que a vos. Antes que contribuir a mi perdición y a mi ignominia, escuchadme.

—Si os habéis hecho acreedora a esa ignominia, señora, es menester sufrirla ofreciéndola a Dios.


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