Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¡Oh! No le hablará —murmuró lady Clarick, sonriéndose.

Por la noche, lord Winter acompañó la cena.

—Caballero —dijo milady—, ¿acaso vuestra presencia es un accesorio obligado de mi cautiverio? ¿No podríais evitarme el acrecentamiento de dolor que me causan vuestras visitas?

—¿Y eso, mi querida hermana? —exclamó Winter—. ¿No me dijisteis de una manera sentimental, con esos hermosos labios hoy tan crueles para mí, que habíais venido a Inglaterra con el único y exclusivo objeto de verme, en lo que hallabais tanto gozo y sentíais tan hondamente el veros privada de él, que para disfrutarlo lo habíais arrostrado todo, mareo, borrasca y cautiverio? Pues ya estoy aquí, daos por satisfecha; por otra parte, esta vez mi visita es motivada.

Milady tuvo por cierto que Felton había hablado, y se estremeció; quizás era aquella la primera vez de su vida que semejante mujer sintió tan profundas y opuestas emociones y le latió con tanta fuerza el corazón.

La presa estaba sentada; Winter hizo rodar un sillón hasta aquella y se sentó también; luego sacó de su bolsillo un papel y lo desdobló con lentitud.

—Quería mostraros esta especie de pasaporte redactado por mí y que desde hoy os servirá de cédula en la vida que consiento en dejaros.


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